CRÓNICAS DEL FANGO SANCHISTA
Begoña Gómez juzgada por cuatro delitos, 20 años de cárcel... A su lado debería sentarse Pedro Sánchez
Previa detención en cualquier operación policial, el presunto responsable ha de comparecer ante la Justicia con todas las garantías. Así funciona el Estado de Derecho, al menos en teoría. Y es precisamente ahí donde empieza a chirriar el espectáculo que estamos viendo.
La citación judicial de Begoña Gómez ha desatado una reacción en cadena en las terminales mediáticas del poder. No tanto por el hecho en sí, sino por lo que representa. Porque en esta España de fango institucional, las responsabilidades rara vez son individuales cuando el poder se ejerce como ecosistema.
Es ya imposible y patético hasta el vómito sostener la idea de que estamos ante un episodio aislado. Cuando el entorno más próximo al poder es objeto de investigación, la pregunta no es solo jurídica, sino estructural: ¿cómo se ha permitido llegar hasta aquí?
Begoña Gómez no es una figura desvinculada del contexto en el que se mueve. Es, en todo caso, una extensión de un sistema donde la frontera entre lo público y lo privado parece haberse diluido peligrosamente. Y pretender analizar los hechos como si fueran compartimentos estancos es, como mínimo, ingenuo.
La cuestión de fondo no es solo qué ocurrió, sino bajo qué condiciones fue posible que ocurriera. Porque cuando el poder concentra decisiones, influencias y recursos, las responsabilidades tienden a expandirse, no a reducirse.
Por eso el debate no puede limitarse a un nombre propio. Tiene que ampliarse al marco completo. A la cultura política que lo permite. A Pedro Sánchez, el cuarto y cabecilla de la banda del Peugeot entre rejas.
Y a la normalización de prácticas que, en cualquier otro contexto, habrían generado un escándalo inmediato.
La reacción defensiva que apela a la “persecución política” no responde a las preguntas esenciales. Más bien intenta evitarlas. Y eso, lejos de aclarar, oscurece aún más el escenario.
En democracia, la confianza no se decreta. Se construye. Y cuando esa confianza se erosiona, no basta con señalar a un elemento aislado. Es obligado como práctica de higiene universal, revisar el conjunto. Porque el fango nunca es casual y menos si lleva hedor sanchista.
Siempre tiene el mismo origen. Y siempre responde a un sistema que, en algún momento, dejó de funcionar como debía.
Si el matrimonio Ceaucescu fue juzgado en un solo bloque de responsabilidades penbales, ¿por qué no sucede los mismo con los cómplices de la prostitución gubernamental... Tranquilos, esto no es Rumanía aunque España soporte la misma inmundicia que los rumanos se quitaron de encima.
Aquí nos conformamos con verlos responsabilizarse de los delitos que suman 20 años de cárcel... En cambio, el fullero que okupa La Moncloa ya se prepara para un nuevo y definitivo fraude electoral.
En la cárcel debería estar hace ya demasiado tiempo el cerebro de todas las tramas y sus cómplices.
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